lunes, 20 de febrero de 2017

Poesia

La poesía no quiere adeptos, quiere amantes.
(F.G.Lorca)

 La poesía es un  género  que,  quizás debido  que a veces es difícil de comprender,  muchos renuncian a leer. Pero hay también poesías sencillas que llegan a casi toda la gente por muy iletrada que éstas  sean, precisamente por su sencillez.  Y a mi entender  son  éstas  más dignas de alabar porque entiendo que,  encontrar  frases hermosas que lleguen tan hondo  como para enternecer,  y en un lenguaje sencillo, es mucho más difícil de crear. Y esto solo ocurre  las menos de las veces, incluso entre  los mayores genios.
  No son buenos tiempos para la lirica, dice la letra de una famosa canción. Tampoco para las humanidades en general  pues hasta  la filosofía o la literatura están en desuso. Pero hubo  una época, hace ya demasiado tiempo,  que componer versos era lo más grande y solemne de una sociedad. La poesía, más que la prosa, tenía un  gran mérito  entre los medios culturales de la comunidad.  Es mas,  también las clases populares  apreciaban  las composiciones poéticas  como un método noble, sofisticado y emotivo de comunicación. Y la mejor manera de llegar al corazón de las personas.
 Hay poesías  reivindicativas, como las hay de cariz  político. Sin duda,  también mordaces o irónicas,  capaces éstas de ridiculizar al adversario, y sobre todo  descriptivas  de paisajes bucólicos y de ensueño. Pero las más conocidas  y entrañables son  las que describen  el amor más sublime, o hacen sufrir, precisamente, por la amargura de un desamor. Éstas han sido siempre las más aceptadas  y  leídas, digamos,  por el pueblo.
 Han habido en nuestra literatura lirica algunos poetas excepcionales, pero solo aptos para entendidos, me estaba acordando de: Luis Cernuda, de Juan Ramón Jiménez o Rubén Darío. Sin embargo otros, justamente por  su sencillez  y hondura,  han llegado más al gran público; ahí tenemos al gran  Antonio Machado, a Jorge Manrique,  o al híper-sensible Bécquer.
 Ojeando, una vez más,  nuestro  gran poemario nacional en castellano se me ocurre  rescatar algunos versos que  entiendo,  por su calidad o sencillez, puedan  ser útiles de releer a quienes  se atrevan a abrir esta página por lo hermosos.  Estoy seguro que muchos ya  nos hemos deleitado con ellos en alguna que otra ocasión, pero  intuyo,  nunca viene mal volverlos a disfrutar.  Para otros será una grata novedad,  y que  espero sea  como una puerta abierta a rebuscar  en  nuestro archivo literario  las muchas maravillas inéditas de nuestra lengua.

Una breve de Quevedo, uno de nuestros más incisivos poetas. Aquí estaba ya el hombre hecho una piltrafa. Aun así se mofaba de sí mismo.
“¡Ah de la vida!”… ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las Horas mi locura las esconde.
¡Que sin poder saber cómo ni a dónde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.
Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.
En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.



Ahí va este conocidísimo poema del chileno Pablo Neruda. Imagino que cualquiera que lo vuelva a leer sentirá un sentimiento indescriptible de aquel amor perdido, hace ya tanto…

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos
           árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis
          brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

O éste otro del mismo autor, y también, por cierto, no por conocido menos conmovedor.

Me  gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma, 
y te pareces a la palabra melancolía.
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.




Y qué me dicen del siguiente verso de Miguel Hernández, escrito en la cárcel a la espera de su muerte inminente. Lo compuso al conocer la preñez de su mujer, y de alguna manera le reconfortó saber que su paso por este mundo no fue estéril, sino, muy fértil por su huella poética y  humana.

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.
Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hasta mí dando saltos
de cierva concebida.
Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.
Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.
Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.
Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.
Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.
Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.
Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano.
Y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.
Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.
Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos,
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

El siguiente es un poema del desconocido, para nosotros,  José Batres. Aunque imagino que no lo será tanto para los salvadoreños, pues ésa era su nacionalidad.
Yo pienso en ti, tú vives en mi mente,
sola, fija, sin tregua, a toda hora,
aunque tal vez el rostro indiferente
no deje reflejar sobre mi frente
la llama que en silencio me devora.

En mi lóbrega y yerta fantasía
brilla tu imagen apacible y pura,
como el rayo de la luz que el sol envía
a través de una bóveda sombría
al roto mármol de una sepultura.

Callado, inerte, en estupor profundo,
mi corazón se embarga y se enajena,
y allá en su centro vibra moribundo
cuando entre el vano estrépito del mundo
la melodía de su nombre suena.

Sin lucha, sin afán y sin lamento,
sin agitarme, en ciego frenesí,
sin proferir un sólo, un leve acento,
las largas horas de la noche cuento
y pienso en ti!

Éste es Antonio Machado, pero no de los más conocidos.

Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.

Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!...
Vive, esperanza ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!

Este si muy conocida pero bien bonito como para volverlo a recordar..
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, 
y un huerto claro donde madura el limonero; 
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla; 
mi historia, algunos casos que recordar no quiero. 

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido 
?ya conocéis mi torpe aliño indumentario?, 
más recibí la flecha que me asignó Cupido, 
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario. 

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, 
pero mi verso brota de manantial sereno; 
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, 
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. 

Adoro la hermosura, y en la moderna estética 
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard; 
mas no amo los afeites de la actual cosmética, 
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar. 

Desdeño las romanzas de los tenores huecos 
y el coro de los grillos que cantan a la luna. 
A distinguir me paro las voces de los ecos, 
y escucho solamente, entre las voces, una. 

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera 
mi verso, como deja el capitán su espada: 
famosa por la mano viril que la blandiera, 
no por el docto oficio del forjador preciada. 

Converso con el hombre que siempre va conmigo 
?quien habla solo espera hablar a Dios un día?; 
mi soliloquio es plática con ese buen amigo 
que me enseñó el secreto de la filantropía. 

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito. 
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago 
el traje que me cubre y la mansión que habito, 
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago. 

Y cuando llegue el día del último vïaje, 
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, 
me encontraréis a bordo ligero de equipaje, 
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Aquí uno de Jaime Gil de Biedma, catalán de buena cuna y homosexual atormentado.
Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, era tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

                                                 Joaquín Yerga
                                                  20/02/2017


sábado, 18 de febrero de 2017

¿Y tú me lo preguntas?

La suerte es una flecha lanzada que hace blanco en el que menos la espera.
(C.Adenauer)


 Decía el gran Napoleón de los franceses, que él a la hora de elegir a sus generales, no se esmeraba especialmente en sus dotes de mando, ni en el valor de su estrategia  militar, ¡Qué va!.  Lo que más le interesaba de ellos era su suerte. Él entendía que era más importante gozar de ésta circunstancia que no de otras cualidades.
 Si  Gustavo Adolfo Domínguez  Bastida,  (Bécquer)  hubiese nacido cincuenta años antes, hubiera  sido francés,  y para rematar la faena  hubiera tenido la vocación de militar,  jamás habría llegado al grado de general, porque suerte  tuvo, pero muy mala.
 Bécquer nació en Sevilla un día como hoy,  17 de febrero de 1836,  y no precisamente en un patio donde florece el limonero, como Machado. Pronto se quedó huérfano de padres y fue su madrina el que se hizo cargo de él  y de su hermano mayor Valeriano.  Era su padre  un pintor de poca monta y  él, como nos sucede a todos de pequeños, quiso ser artista y seguir sus pasos.  Al final las letras le tiraron más, afortunadamente para nosotros. Gracias a ésa elección  perdimos a un pintor regular, pero ganamos uno de los mejores poetas de nuestra literatura.
 Lo de apodarse Bécquer de apellido fue para darse más realce. Ya en esa lejana época no nos gustaban  nuestros  nombres  y apellidos,  y nos empecinábamos  ir a la moda buscándolos fuera de nuestras fronteras. Él  rebuscó en su árbol genealógico y encontró un tío lejano alemán llamado Bécquer que le pareció más apropiado.
 Pronto marchó a Madrid detrás de su hermano, buscando en la capital lo que en Sevilla era imposible, vivir de la poesía.  Se estableció en una pensión de mala muerte y las pasó canutas sobreviviendo gracias a la ayuda de su hermano.  En esto, (me estaba acordando),  su vida fue muy parecida a la  del pintor Van Gogh. Ambos sufrieron penalidades similares. Entre amores pasionales, publicación de algunas poesías y mucha hambre, en 1957 contrajo tuberculosis. Asunto que a la postre le llevaría a la tumba muy joven, demasiado joven, con tan solo  treinta y cuatro años.
 Literariamente a su obra se le cataloga como romanticismo tardío, pues debemos tener en cuenta que éste movimiento artístico comienza en Europa con los autores alemanes  a principios del siglo XIX. Así que Bécquer ya iba tarde. Lo que sí es cierto es que todo su trabajo: Rimas, Leyendas, Novelas y Poesías, es de un romanticismo profundo.
 Hablaba antes de su mala suerte y, es que miren: se enamoró de manera apasionada, (como era  habitual en él), de una bella mujer con la que llegó a casarse,  y cuando la felicidad parecía sonreírle descubrió que ésta le ponía los cuernos. Para más escarnio, si cabe,  la bella dama se llamaba Casta. Ésto (la infidelidad) le marcó para el resto de su corta vida. En muchas de sus poesías se refleja ésta amargura amorosa. Curiosamente, pocos meses antes de su muerte se reconcilió con ella.
 Bécquer murió en Madrid en 1870 entre el olvido y la indiferencia de sus contemporáneos.  Hoy su poesía está siendo reconocida como se merece,  y si no exagero demasiado, su figura como poeta habría que colocarla en el podio de los tres mejores de nuestra literatura castellana universal.
 Ahí van algunos retazos de sus mejores versos,  a mi entender. Y fíjense qué sensibilidad para con el bello sexo. También pueden adivinar en cada uno de ellos su momento personal y anímico.

Poesía.
No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.
Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas;
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista;
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías;
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista;
mientras la humanidad, siempre avanzando
no sepa a do camina;
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!
Mientras sintamos que se alegra el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan;
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!
Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran;
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira;
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas;
mientras exista una mujer hermosa
¡habrá poesía!

Tu pupila es azul.

Tu pupila es azul, y cuando ríes
su claridad suave me recuerda
el trémulo fulgor de la mañana
que en el mar se refleja.

Tu pupila es azul, y cuando lloras
las transparentes lágrimas en ella
se me figuran gotas de rocío
sobre una violeta.

Tu pupila es azul, y si en su fondo
como un punto de luz radia una idea,
me parece en el cielo de la tarde
¡una perdida estrella!


Por una mirada
Por una mirada, un mundo,
por una sonrisa, un cielo,
por un beso… ¡yo no sé!
qué te diera por un beso.

Una lágrima.

Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mis labios una frase de perdón,
habló el orgullo y se enjugó su llanto
y la frase en mis labios expiró

Yo voy por un camino, ella por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún ¿Porqué callé aquel día?
Y ella dirá: ¿Porqué no lloré yo¿

Un trágico sainete.

Nuestra pasión fue un trágico sainete
en cuya absurda fábula
lo cómico y lo grave confundidos
risas y llanto arrancan.

Pero lo peor de aquella historia
que, al fin de la jornada,
a ella tocaron lágrimas y risas
¡y a mí sólo lágrimas!

Suspiros.

¡Los suspiros son aire y van al aire!
¡Las lágrimas son agua y van al mar!
Dime mujer, cuando el amor se olvida
¿Sabes tú donde va?

Cuando me lo contaron

Cuando me lo contaron sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas;
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de donde estaba.
Cayó sobre mi espíritu la noche;
en ira y en piedad se anegó el alma…
¡y entonces comprendí por qué se llora,
y entonces comprendí por qué se mata!
Pasó la nube de dolor… Con pena
logré balbucear breves palabras…
¿Quién me dio la noticia?… Un fiel amigo…
¡Me hacía un gran favor!… Le di las gracias.

Herido.

Me han herido recatándose en las sombras,
sellando con un beso su traición.
Los brazos me echó al cuello, y por la espalda
partiome a sangre fría el corazón.

Y ella prosigue alegre su camino,
feliz, risueña, impávida, ¿y por qué?
Porqué no brota sangre en la herida…
¡Porqué el muerto está en pie!

Volverán las golondrinas
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres,
ésas… ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.
Pero aquellas cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día….
ésas… ¡no volverán!
Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar,
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.
Pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido…desengáñate,
¡así no te querrán!

                                         Joaquín Yerga

                                           17/02/2017

viernes, 17 de febrero de 2017

Un amor de cine

En Hollywood te pueden pagar 5000 dólares por un beso, pero solo 50 centavos por tu alma.
(M. Monroe)


 En una ocasión un periodista le hizo la siguiente pregunta a Rita Hayworth… ¿Porqué te has casado tantas veces?..(Lo hizo cinco).  Porque los hombres se acuestan con Rita Hayworth  pero se levantan conmigo, contestó ellaSolo con ser medianamente cinéfilo se entiende y se comprende a la perfección el agudo sentido de la sutil contestación. Rita fue el mito erótico del cine por excelencia,  y  lo fue durante un par de décadas, sobre todo a raíz de su película más famosa, Gilda.
 Aunque éste caso no es ficción, sino, una contestación real a una pregunta muy real; desear que haya  buenos diálogos en una buena película quizás sea redundar en el tema,  porque si es buena la peli éstos no pueden faltar. De hecho hay infinidad de cintas cinematográficas en las que la parte oral de las mismas con sus finas ironías  o frases con doble sentido son las que las hace famosas. Obvio mencionar ninguna de ellas porque todos las conocemos. Más adelante hablaré de algunas.
 En el cine que se hace ahora con el vigor de las nuevas tecnologías se ha impuesto la imagen por encima de todas las cosas. Y la parte hablada ha ido menguando en importancia en el conjunto del filme, de tal forma que a los muy cinéfilos no nos queda otra que seguir recurriendo al archivo si queremos recrear nuestro oído con diálogos de calidad.
 Creo, (a no ser que falle mi percepción) que de las películas que se ruedan últimamente apenas dejan huella las frases que se dicen en ellas. No se encuentran argumentos para entresacar algunas que merezcan la pena ser conservadas en los anales de la fraseología cinematográfica.
 Y quiero  recordar, además, que diálogos dignos, plagados con la debida agudeza y mordacidad, son tan atractivos  y merecedores de rememorar como los buenos planos visuales, por no decir más.
 Toda esta monserga viene a cuento después de volver a ver una de mis pelis favoritas, y aprovechar de paso el asunto para hablar de ella. También de todo lo que la rodea. La película no es otra que la mencionada Gilda,  del director  Charles Vidor, y protagonizada como muchos saben  por Glenn  Ford  y  Rita Hayworth.
 Esta cinta tiene muchas frases dignas de aparecer en el hit Parade de Hollywood, --de las que más--, Coincidió el  estreno de esta cinta  justo con el término de la segunda guerra mundial,  y  es conocidísima la expectación que suscitó (por sus excitantes escenas) entre los soldados que regresaban del frente. Su debut en  España (en un cine de la Gran Vía de Madrid) fue un escándalo mayúsculo, por picante. Acordémonos  que el régimen estaba en su apogeo y todos sabemos cómo se las gastaba para los temas, digamos…carnales.
 A Rita la desbancó como actriz explosiva...Marilyn Monroe, que recibió el testigo hasta su muerte, acaecida  por un supuesto suicidio, sin embargo Rita,  murió de un Alzhéimer confundido con alcoholismo…Lógicamente y como todo mito que se precie, bebió, fumó y se excedió  en otros muchos vicios más de cuenta.
 Como es público y notorio,  Rita,  era de origen español. Su padre bailarín y  sevillano para más señas y su madre de origen británico  con lo que la mezcla, y el explosivo  resultado de la misma  estaba servido.
 Si algunas de las frases dichas en  Gilda  son para enmarcar, la banda sonora es de primer premio. Extasiarse con Gilda  (Rita Hayworth) contoneando su hermoso cuerpo mientras se  va desprendiendo poco a poco de sus largos guantes (striptease  camuflado)  y cantando… Put  the Blame of Mame  (Échale la culpa a Mame) es un placer solo comparable al manduque de un trozo de queso manchego curado o unas tapitas de jamón de Jabugo regado generosamente con un buen vaso de ribera del setenta y ocho.
Y… ¿Qué me dicen y sienten cuando Gilda interpreta  y canta el… Amado mío,   intentando darle celos a Johnny Farrell?... Después de esta escena viene la parte más conocida y morbosa de la peli, el guantazo que le da éste a Gilda con el consiguiente y lógico  volteo  posterior  de su  espectacular y pelirroja cabellera.
 Rita Hayworth estuvo alguna vez en España; la última  con su quinto marido, que por cierto, la maltrató tanto física como psicológicamente… según contaba en su libro el también actor Charlton Heston… Murió en 1987 en Nueva York  sin recordar nada.
 Por su parte, Glenn Ford, siguió rodando muchas y buenas películas después de Gilda. Estuvo en el festival de cine de San Sebastián como actor invitado en el año 1987. Curiosamente el mismo año en que murió Rita. Durante su presentación pidió, y se le concedió que entre todas sus películas (que fueron muchas y muy buenas) se proyectara,  Gilda, su preferida.
Dicho queda…

                                                             Joaquín Yerga
                                                              13/02/2016